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Hola {{NOMBRE | estimado lector}},

Desde “chiquito” me apasiona el arte de poner precios y no logro que se me pase.

Mi papá me enseñó a tomar nota de todos los llamados de cada cliente en un cuadernito. “No podemos saber menos que ellos”, me decía.

¿Cincuenta años después, seguimos usando ese cuadernito?

Attio es su evolución, un nuevo CRM nacido de la IA. Agradezcámosle su apoyo con un poco de curiosidad (mirá el sitio):

Introducing the first AI-native CRM

Connect your email, and you’ll instantly get a CRM with enriched customer insights and a platform that grows with your business.

With AI at the core, Attio lets you:

  • Prospect and route leads with research agents

  • Get real-time insights during customer calls

  • Build powerful automations for your complex workflows

Join industry leaders like Granola, Taskrabbit, Flatfile and more.

Impresionante lo que está sucediendo con “FINANZAS. Lo que no te enseñaron en la escuela”, como si las finanzas personales estuvieran de moda.

¿Adiviná qué libro fue el más vendido de Editorial El Ateneo en febrero?

Y, como si esto fuera poco, el jueves a las 11am (Argentina) empieza un programa semanal sobre Finanzas Personales, conducido por quien escribe. ¡Los espero en el canal de Ahora Play!

Si hay un tema que vincula nuestro trabajo con las finanzas personales son los precios, sean honorarios, salarios o el precio de algo que vendamos.

Hace unos días pregunté a los lectores más empedernidos de CEO en Camiseta sobre esto, y Damián me respondió: “En mi caso como consultor, me queda la duda de cómo cotizar en una situación que, por ejemplo, a mí me demanda 2 horas (supongamos que cuestan 100 U$D/hora) y el cliente puede tener un ahorro de 100.000 U$D. En ese caso estoy en la disyuntiva de plantearle un porcentaje sobre el ahorro que tenga el cliente por ejemplo porque si le cotizo 5.000 U$D (por algo que a mí me demanda dos horas) es mucho.”

En dos horas puede darle mucho valor a su cliente. Mucho.

Pero mira para atrás y dice, “son solo dos horas de trabajo, ¿cómo le voy a cobrar eso?”.

De repente, entra el infame síndrome del impostor, ese bicho viejo que está juzgándonos hoy, sin entendernos.

Lo silenciamos, pero la duda queda.

La culpa.

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