La empresa te va a dar un regalo (por tus cinco años, o por no faltar nunca), ¿qué preferís?
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El quinto episodio del experimento 30ID: treinta ideas distintas en treinta días. Totalmente diferente. Si te gusta compartilo. Si te lo enviaron, suscribite.
Nota: toda la serie está subsidiada por las publicidades. Gracias por prestarles atención y clicks.
El domingo que viene es el Día del Padre en Argentina. Mis dos propuestas:
Cómo rajar a tu jefe: Para quien tiene un jefe que lo frena, lo desgasta o lo deja esperando. No es un libro de venganza. Es una guía para entender el poder, moverse con estrategia y recuperar control sobre la propia carrera.
No siempre podés cambiar de jefe. Pero podés dejar de depender de él.
Sé tu propio CEO: Para quien vive ocupado, pero no necesariamente libre. Un libro para dejar de hacer todo, revisar qué tareas sobran y recuperar tiempo usando el modelo EAT: eliminar, automatizar y tercerizar.
No se trata de trabajar más. Se trata de dirigir mejor tu propia vida.
Pedilos hoy mismo así llegan a tiempo.
Martes.
10:57 Mariana mueve su mouse con cuidado, como quien lo hace por primera vez. Sus ojos apuntan a la pantalla como embobados. No ve lo que ve. Toda su atención está puesta en sus oídos. El izquierdo, más que nada. Algo está por suceder.
11:02 Escucha a Raúl resoplar como quien se desinfla. Se conocen hace quince años y más de veinte kilos. Se sentó.
11:03 Recuerda su primer día. Tres entrevistas, una detrás de otra, y al día siguiente adentro. ¿Los exámenes médicos? Fuera de horario, ya trabajando. ¿El entusiasmo? “Sí, traelo”, pareció que le hubieran dicho, “no molesta. Te necesitamos ya”. Tenían cientos de casos que procesar, esperándola.
Raúl no daba abasto. No daba abasto y nunca avisó. Ese primer día le dio pena, lo veía limitado, lento, quedado, un poco pasado de peso. Se sentó en su nueva silla -“es italiana”, le dijeron- y, después de una breve explicación, empezó a trabajar. Estaba feliz, luego de varios meses sin empleo hacía algo que no solo le daba dinero, sino en lo que era buena.
Su oído izquierdo sigue atento.
11:05 La tercera vez que le dieron el premio al “empleado del año” (otro reloj) dejó de celebrarlo. Ahora tiene cuatro relojes con el logo de la empresa, apoyados a la derecha del monitor, cada uno parado en diferentes horas. Se quedaron sin pila. Los puso hace unos meses como recordatorio.
Su oído no detecta nada aún.
11:10 ¿Por qué será que la gente conversa en voz baja al lado del bidón de agua? Está convencida de que hablan de ella, de lo que había hecho, de las consecuencias que tendría. Piensa en cómo estarían decorando la realidad, relacionando todo con sus problemas personales (“para qué se los habré contado”), su salud o algo ridículo. Escucha el murmullo, pero no distingue las palabras.
11:14 Encima de los relojes ve, de reojo, su propia foto en una playa paradisíaca. Al principio “ahorraba” vacaciones. La recesión de 2008 llevó a que Recursos Humanos forzara a todos a tomar esos días libres durante noviembre y diciembre. Algunos pensaron que la empresa no existiría al volver: había cerrado Lehman Brothers, los del piso de arriba. Pero siguieron adelante, con pocos cambios.
Una vez por mes, cuando pagaba la empresa el almuerzo, iban a ese restaurant elegante donde se solían cruzar con los empleados de aquel banco, el que cerró. Ellos iban todos los días. Siempre se preguntó a dónde irían ellos una vez por mes.
11:17 Alboroto en la oficina. Con la mano en el mouse, la mirada perdida en el monitor y sentada muy derecha, Mariana nota que entró el Gerente. Sí, el que viene una vez por trimestre - aunque nunca a almorzar. Les cuenta cómo va la compañía (¿a quién le importa más que a los dueños?) y abre a preguntas. “Cri cri”, dice siempre por lo bajo Raúl. Un cagón.


