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“La empresa no quiere cambiar, se va a fundir si sigue así, ¿cómo hago?”, me preguntaron.

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Renato era carpintero, y había nacido en Italia, igual que mi papá. Se conocieron en Campana, trabajando para una conocida siderúrgica.

Pero se conocieron porque mi papá (a cargo de reducir costos) lo echó.

Unos años después conocí a Renato. Su carpintería era un éxito hacía tiempo en Campana. Seguía teniendo a Siderca de cliente, y se sumaron muchos más.

La empresa podría haber pospuesto el cambio y “aguantado” a Renato, pagándole el sueldo, inventando tareas… Haciendo con madera cosas que podrían haberse hecho de plástico, por ejemplo.

Imagino a líderes muy empáticos pensando qué pedirle para cuidarlo, pobre Renato.

La empatía de corto plazo suele convertirse en sufrimiento de largo plazo.

Pero echarlo era lo mejor para la empresa. Y, al final, para él.

Una situación diferente: el año es 1990, y Luciana es data entry en una empresa grande. Para los jóvenes de hoy, data entry es lo que parece: lee datos de un documento, o los escucha al teléfono, y los tipea en el sistema interno de la empresa. Para los jóvenes de antaño, era un trabajo habitual con demanda creciente.

Lu está por graduarse de licenciada en administración y hace su tesis sobre el cambio de procesos, cómo la empresa podría ser mucho más eficiente implementando un software en vez de un humano en esa tarea.

Aprueba con esa tesis en la universidad, pero no le aprueban el proyecto en la empresa.

Se indigna (porque a esa edad todavía nos indignábamos) y empieza a buscar otro trabajo.

Mientras tipea automáticamente lo que lee, piensa en la empresa a dos años… Todo igual.

Proyecta más adelante, a una fecha indefinida, y sabe, a ciencia cierta, que la empresa automatizará esa tarea. O se fundirá antes, claro, por ineficiente.

Pero si va a automatizar esa tarea, ¿quién lo hará? ¿Qué pasará con ella?

Frente a la inminencia del cambio, siempre tenemos opciones: resistirlo o serlo.

En su ingenuidad decide ser el cambio. Ya propuso automatizar y se lo negaron. Sin embargo sabe que sucederá. Ella no se detiene frente a un equivocado “no”.

Automatiza una parte de su trabajo (sin pedir permiso a nadie, porque lo que no está prohibido está permitido) y gana varias horas al día.

Con ese tiempo empieza ya no a planear sino a ejecutar: haría una empresa de servicios de data entry.

Una amiga, cuando se lo cuenta, le dice “Claro, una empresa de personal temporario”...

Pero Luciana tenía otra idea: “No, un servicio de data entry. ¿Qué demonios le importa a la empresa cómo logramos el resultado si lo hacemos bien? Le vamos a cobrar como si fuera con personal pero lo vamos a hacer con software”, espetó, dejando a su amiga perpleja.

No entendió nada, ella era siempre obediente. Esto era una herejía y seguro la echarían.

Luciana consiguió, con precios agresivos, su primer cliente -claro que no era la empresa en la que trabajaba- y empezó a darle servicio con un humano al que contrató en una oficina que alquiló. Cargaba la información, la llevaba en un diskette y la importaban, una vez por semana. Perdía dinero.

Pero sabía que los negocios no son una foto sino una película, y que en realidad estaba invirtiendo.

Apenas automatizara, los costos bajarían al 10%. Exacto, no bajarían un 10%, sino a un décimo. Y el precio sería súper rentable.

A Luciana le fue súper bien, siguió creciendo en su emprendimiento hasta que la echaron de la empresa. No porque hayan automatizado sino porque se quedaron sin clientes. Eran demasiado ineficientes.

No le importó porque ella sí tenía muchos clientes.

Renato y Luciana parecen historias distintas.

No lo son.

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