Hola {{NOMBRE | estimado lector}},

Estoy muy contento porque Forbes publicó otro artículo mío, gracias a todos por el apoyo para seguir escribiendo y dando valor.

Comenzamos el episodio de hoy conociéndonos un poco más:

Ahora, una pregunta para calibrar:

¿Creés que el que tenés hoy será tu último trabajo?

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Estamos listos.

Vamos con dos preguntas rápidas. No pienses mucho, solo respondé.

Supongamos que el mundo va cambiando, año a año. Qué tiene más sentido individualmente, ¿cambiar o no cambiar?

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Seguramente contestaste "Cambiar, claro". Es obvio. El mundo cambia, nosotros tenemos que cambiar. No hay debate.

Segunda pregunta.

Y acá, de nuevo, la respuesta es predecible: Mejor.

Excelente.

Tenemos un consenso casi total. Sabemos que el mundo exige cambio y todos aspiramos a un futuro mejor. Tenemos el mapa y el destino.

Entonces, va de nuevo la pregunta: ¿Por qué casi nadie llega? ¿Por qué ese "yo" del futuro, más exitoso, más pleno, rara vez se materializa?

Porque entre el deseo y la acción, vive una contradicción gigante. Y hoy te la voy a mostrar.

La Radiografía de tu Parálisis

Vamos a hacer un juego. Te voy a presentar una serie de decisiones. Respondelas con honestidad.

Qué preferís, ¿ser tu propio CEO o que otro lo sea?

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Más del 90% seguramente grita que quiere ser su propio CEO. La autonomía, el control. Es el sueño. Nota: no es publicidad del best-seller “Sé tu propio CEO”.

Qué preferís, ¿pájaro en mano o cien volando?

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La mayoría eligió, seguramente, los "cien volando". Queremos el premio grande, estamos dispuestos a arriesgar.

Qué preferís, ¿un trabajo que te paga USD300 cada mes u otro que paga un valor al azar entre 0 y USD999?

El valor al azar es aleatorio: los últimos tres dígitos de la lotería el último día del mes.

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De nuevo, haciendo las cuentas la mayoría es racional.

Un mes podés ganar menos de USD300, tal vez dos meses pero, eventualmente, el segundo te pagará en promedio USD500. Somos apostadores inteligentes.

¿Ves el patrón? Decimos que queremos ser CEOs audaces que toman riesgos calculados para buscar un premio mayor.

Ahora, veamos cómo actuamos en realidad.

Casi la mitad de los empleados quieren independizarse, pero siguen en su puesto. El sueño de ser CEO empieza a mostrar sus grietas.

Qué preferís, ¿que te echen a vos o a otro?

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Uff, la mayoría prefiere que echen a otro…

Una respuesta humana, sí, pero no la de un protagonista. Es la respuesta de alguien que ve el juego desde la tribuna, esperando no ser el siguiente sacrificado. No se si es la de un CEO.

Hay un inepto trabajando a tu lado, ¿preferís que lo echen o que lo cambien de sector?

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Algunos somos buenos, pero otros somos terminantes con la ineptitud ajena.

Pero, ¿somos igual de terminantes con nuestras propias ineptitudes? ¿O las dejamos estar, año tras año, porque "siempre se hizo así"?

¿Es importante mostrarse?

¿Lo hacés? ¿Mostrás tus éxitos? ¿Y tus fracasos? Si sos o fueras jefe, ¿cómo te gustaría enterarte de lo que hacen tus reportes?

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Sabemos que es importante mostrarnos, pero ¿cuántos realmente nos encargamos de mostrarlo? ¿O esperamos que “el trabajo hable por sí solo”, como nos enseñaron en el siglo pasado?

Y acá, la encuesta que lo explica todo. La causa raíz de esta desconexión masiva.

Qué prefiere la gente, en general, ¿hacer un plan a largo plazo y fallar o no hacerlo y no fallar?

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Acá está la madre de todos los problemas.

Casi la mitad de nosotros prefiere la parálisis garantizada al fracaso posible.

Lo que diferencia a una víctima de un protagonista.

Preferimos cien volando hasta que nos enteramos de que a 99 les falta un ala.

Elegimos el salario al azar pero desconfiamos de la matemática el primer mes en que cobramos menos de lo “esperado”.

En un mundo que cambia cada vez más, elegimos no hacer nada para no fallar.

Y ahí lo tenés. Querés ser el CEO de una empresa que toma riesgos, pero actuás como un empleado que le tiene pánico a la evaluación de desempeño. Querés jugar en primera, pero te aterra salir del banco de suplentes.

Estás atrapado en la contradicción más grande de todas: querés los resultados de una empresa, pero operás con el sistema emocional de una persona.

Y eso, lamento decírtelo, no funciona. Nunca funcionó.

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¿Somos una persona o una empresa? ¿Jugamos a las damas o al ajedrez? Si querés los resultados de una empresa, tenés que pensar como CEO. Suscribite y seguí leyendo.

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